Aumentan los reclamos por el lenguaje inclusivo

Es hora de hablar de inclusión. Esto fue lo que expresaron varias escritoras en el Congreso Internacional de la Lengua, que concluyó el sábado 30 de marzo en Córdoba, sin haber contemplado el abordaje del lenguaje inclusivo o no sexista en su programa. Pero la invisibilización que la Real Academia Española (RAE) pretendía seguir perpetuando fue confrontada en las ponencias de mujeres que supieron llevar a ese ámbito un debate que existe.

   “No sé si podemos paliar la invisibilización de la mujer en nuestra lengua. Es un llamado que hago a todos a la creatividad”, dijo la escritora Luisa Valenzuela, quien sostuvo que “muchos aún parecerían temerle al lenguaje inclusivo, como si simbólicamente amenazara la supremacía masculina o quizá que amenazara hasta al propio monoteísmo”.

  Los planteos no apuntaron simplemente a la falta de aceptación por parte de la RAE del todos y todas o de la ausencia de análisis del uso de las letras “e” y “x” o del símbolo @ en reemplazo de la forma masculina, sino de abrir las puertas en los espacios de discusión de la lengua española a formas integradoras del lenguaje.

  No es de temer que la RAE se interese más por la inteligencia artificial que por los géneros humanos”, dijo irónicamente Valenzuela en referencia a la aceptación de términos como googlear o whatsapear. “Para cambiar el mundo, necesitamos cambiar el lenguaje. Ha llegado el momento de emprender esa empresa”, añadió.

  Por su parte, la escritora María Teresa Andruetto cerró el encuentro con una serie de cuestionamientos, entre los que incluyó una crítica a la decisión de la Academia de no discutir sobre el lenguaje inclusivo en el Congreso.

  “El lenguaje inclusivo nos pone delante de la carga ideológica de la lengua, que habitualmente nos es invisible. Claro que compartimos la lengua y que ella no es de nadie, ni siquiera de las buenas causas. Claro que corremos riesgos de que el lenguaje inclusivo se vuelva pura corrección política. Claro que no sabemos qué pasará con la literatura, ni si es posible escribir en lenguaje inclusivo de un modo lo suficientemente cargado de ambigüedad como para conservar la función poética del lenguaje, de un modo que además de hacernos pensar, nos conmueva, nos emocione, nos complejice”, sostuvo.

  Andruetto prosiguió con la enumeración de incertidumbres que, ciertamente, plantea el debate. “Claro que no sabemos qué sucederá en el largo plazo, si ese lenguaje que viene a irrumpir se estabilizará en la lengua y en tal caso de qué modo, si ingresará y de qué manera a nuestras literaturas, pero sabemos de su uso y expansión en ciertos sectores sociales, especialmente urbanos, y en jóvenes de cualquier género, y vemos cómo impregna y permea los usos públicos, periodísticos y políticos, y entonces resulta asombroso que no se haya incluido siquiera una mesa de discusión sobre algo que está moviendo los cimientos de nuestras sociedades”, dijo.

  “En la lengua se libran batallas, se disputan sentidos, se consolida lo ganado y los nuevos modos de nombrar –estos que aparecen con tanta virulencia – vuelven visibles los patrones de comportamiento social”, manifestó.

  En línea con lo expresado por sus colegas, Claudia Piñeiro opinó que “de nada sirve ni oponerse ni tratar de imponer un lenguaje atravesado por la realidad: la lengua está viva y siempre será con el tiempo lo que el uso determine. No sabemos hoy si el lenguaje inclusivo terminará siendo adoptado por la lengua española, lo sabremos en el futuro”.

  “Pero muchos de los que están en contra del uso del lenguaje con perspectiva de género argumentan desde el lugar de una supuesta superioridad, con subestimación y algo de prepotencia. Casi como el conquistador que está imponiendo sus reglas en otro territorio. Y en este caso y en este siglo el territorio no es geográfico sino humano: la mujer y los géneros no binarios”, agregó.

  Las críticas al Congreso de la Lengua en Córdoba incluyeron otros aspectos del debate sobre el lenguaje, como el espacio apenas marginal dado a las lenguas originarias de América, que están en riesgo por la supremacía del castellano. También al hecho de que el Estado español y sus instituciones -entre ellos la Real Academia- pretenda que las normas y usos lingüísticos de ese país sean obedecidos por todos los “hispanohablantes”.