El periodismo, el odio y sus demonios.

Además del manifiesto alineamiento político-empresarial, ya conocido, la más reciente andanada de insultos del conductor televisivo Jorge Lanata deja entrever otros componentes, que desnudan un alarmante estado de retraso cultural, expresa en esta nota el licenciado en psicología Federico Bosch.

Por Federico Bosch*

Que el periodista estrella del oficialismo exprese tan libremente su misoginia por un lado y por otro la xenofobia a través del informe contra los estudiantes extranjeros nos interpela a todos como sociedad.

Amparado en que el abogado de Cristina Kirchner lo llamó “cobarde”, por no presentarse a la audiencia donde tenía que rectificar o ratificar sus dichos acusatorios, el adalid del grupo Clarín expresó insultos a diestra y siniestra (con perdón de esta última, ya que hace rato que solo reparte sus cartas hacia la derecha).

Por otro lado en una investigación, titulada “Argentina, país generoso”,  hizo un detalle de los “gastos” en que incurre el estado por los extranjeros que estudian en la UBA y el número de ciudadanos de países limítrofes que se atienden en los hospitales públicos bonaerenses, todo esto sin reparar en la simiente constitucional en que se fundamentan estos derechos y con un claro sesgo discriminatorio. En un proceso de ajuste fiscal la carta del odio al extranjero muestra una clara sintonía entre los medios hegemónicos y el gobierno actual.

Este es el mensaje que prende fácilmente en grandes capas de nuestra sociedad que necesita chivos expiatorios para depositar sus frustraciones. Los medios de comunicación corporativos a través de sus voceros canalizan desde hace mucho tiempo las vivencias psicológicas (individuales) de la población para sus fines. No es nuevo.

Las sociedades humanas nunca han podido satisfacer plenamente los deseos y anhelos de las personas. Siempre existirá lo que Freud llamó “el malestar en la cultura”. Ese malestar surge como consecuencia de las renuncias pulsionales a las que todos accedemos para pertenecer a una determinada cultura o grupo humano sin violentar derechos básicos como el derecho a no ser violado o muerto por otro integrante, así como el menos importante (o no tanto en la sociedad capitalista)  a no ser despojados de nuestra propiedad.

Existe por parte de los medios hegemónicos y sus periodistas una clara construcción desde el odio y el miedo, usufructuando  nuestras emociones negativas más primitivas. Dicha construcción es posible porque está basada en principios culturales retrógrados y cimentados en nuestras sociedades desde hace mucho tiempo.  

Por un lado se pueden ver los efectos de la “colonización” de la mente del macho judeo-cristiano-musulmán y su “atribución” de centralismo en la cultura, por otro la no menos colonial idea de la supremacía de ciertas razas sobre otras. Es vano luego que nos preguntemos de donde provienen los feminicidios o la tendencia a sobre valorar lo europeo ante que al hermano latinoamericano.

Teniendo en cuenta lo primero, para la subjetividad de ciertos hombres formateados en una sociedad patriarcal, el ser puestos en evidencia ante una mujer se torna amenazante e intolerable. El hecho de ceder ante una mujer dispara reacciones violentas al desestabilizarse su marco de referencia. Se sienten expuestos ante los demás y reaccionan de variadas formas.

Esa imposibilidad de simbolizar la otredad se manifiesta claramente en el insulto, última frontera de sublimación que tiene el sujeto humano antes de acceder a un acto destructivo mayor. Que esa imposibilidad se exprese en un comunicador de un medio masivo es un hecho realmente preocupante. Además de desnudar los límites de la mentira, del marketing y  la no-política en nuestra sociedad.

*Licenciado en Psicología miembro de COMUNA.

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