La mentira, amenaza mortal

El presidente estadounidense, Donald Trump, y su gobierno, son expresión de la última etapa del “totalitarismo de empresa”, un sistema que se apropia de los bienes comunes sobre la base de la mentira, arrasadora, reiterada. Esa es la “amenaza mortal” de este tiempo, sostiene el escritor y periodista estadounidense Chris Hedges.

   En una nota titulada “Nuestra amenaza mortal es la mentira permanente”, publicada en el espacio francés Observatorie des Multinationales (Observatorio de las Multinacionales), que dirige el también periodista Olivier Petitjean, Hedges sostiene que “el saqueo y la opresión” en curso en Estados Unidos “están justificados por la mentira permanente”, incluso peor que cualquiera de los predecesores en la Casa Blanca, Barack Obama, George W. Bush y Bill Clinton.

   Hedges, nacido en 1956, se desempeñó como periodista en varios países, fue corresponsal de guerra y es autor de varios libros, entre ellos “War is a force that gives US Meaning” y “Death of the liberal class”. Obtuvo varios reconocimientos, como el Global Award for Human Rights Journalism, otorgado por Amnistía Internacional.

   “El peligro más amenazante al cual debemos enfrentarnos no viene de la erradicación de la libertad de expresión por la abolición de la neutralidad de internet o por el establecimiento por Google de algoritmos que alejan a las personas de los sitios disidentes, de izquierda, progresistas o pacifistas”, opina.

   Tampoco, continúa, “viene de la adopción de una ley fiscal que suprime todo simulacro de responsabilidad fiscal para permitir a las empresas y a los oligarcas enriquecerse y preparar la creación de programas de desmantelamiento de instituciones como la Seguridad Social. No viene tampoco del permiso otorgado a las mineras y petroleras de acceder a las tierras públicas, ni de la aceleración de la destrucción del medio ambiente por la supresión de la reglamentación medioambiental o la destrucción de la educación”.

   Tras enumerar otras políticas igualmente nocivas, el autor afirma que “el peligro más amenazador que debemos enfrentar proviene de la marginación y la destrucción de nuestras instituciones, entre ellos los tribunales, las universidades, el cuerpo legislativo, las organizaciones culturales y la prensa, que en el pasado han garantizado el arraigo del discurso público en los hechos y la realidad, que nos ayudaron a distinguir lo verdadero de lo falso y han facilitado la aplicación de la justicia”.

   Es entonces cuando afirma que “Donald Trump y el actual Partido Republicano representan la última etapa de la emergencia del totalitarismo de empresa. El saqueo y la opresión están justificados por la mentira permanente”.

   Es un caudal de mentiras “diferente a la deshonestidad y a las medio mentiras proferidas por políticos como Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama. La mentira política común empleada por los políticos no servía para esconder la realidad. Era una especie de manipulación”, conjetura.

   Así ocurrió con mentiras que fueron finalmente desenmascaradas, como la promesa de Bill Clinton sobre que el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá (TLC) crearía miles de empleos bien remunerados.

   También con Bush, quien justificó la invasión a Irak acusando a Saddam Hussein de poseer armas de destrucción masiva, lo que se comprobó como totalmente falso.

   Esos mandatarios, en esos y otros casos, sostiene Hedges, dejaron de repetir esas mentiras o pretendieron que fueran sepultadas por el paso del tiempo.

   Diferente es con Trump, sostiene: “La mentira permanente no está limitada por la realidad. Se mantiene muy a pesar de las pruebas aplastantes en su contra. Es irracional. Los que dicen la verdad apoyándose sobre hechos son tratados de mentirosos, traidores y proveedores de ‘fake news’. Y son desterrados del espacio público una vez que las élites totalitarias han acumulado bastante poder, un poder que les es ahora otorgado por la supresión de la neutralidad de internet”.

   “El constante y total reemplazo de la realidad de los hechos por la mentira no conduce tanto a la aceptación de la mentira como verdad”, expresa, sino a la descomposición de los asuntos públicos en grotesco. Así, “la mentira permanente transforma el discurso político en teatro del absurdo”.

   El escritor y periodista enumera luego algunas de las mentiras del presidente ultraconservador, xenófobo y racista. Por ejemplo, cuando afirma que la carga impositiva ahoga a los empresarios y que esto traba la economía y el crecimiento, cuando en verdad la reforma fiscal que él mismo adoptó le permite a su clan embolsar mil millones de dólares.

   Otro ejemplo: “un millón de hectáreas de terrenos públicos fueron concedidos a la industria minera y petrolera mientras que Trump afirma que eso solo significa que ‘los terrenos públicos serán de nuevo utilizados para fines públicos’”.

   “La mentira permanente es la apoteosis del totalitarismo. La verdad no tiene importancia. Solo lo ‘conveniente’ cuenta. Las cortes de la justicia federal están llenas de jueces imbéciles e incompetentes al servicio de la ideología corporativa de lo ‘conveniente’ y de la moral social rígida del puritanismo cristiano. Desprecian la realidad, así como la ciencia y las reglas del derecho”.

   A la vez, “el reino del totalitarismo genera crueldad e imbecilidad. Esos idiotas todopoderosos no poseen ninguna meta ni filosófica ni política. Utilizan los tópicos y eslóganes, frecuentemente absurdos y contradictorios, para justificar su avidez y sed de poder”.

   Hedges cita “The Rape of the Mind: The Psychology of Thought Control, Menticide, and Brainwashing (“La violación del espíritu: la psicología del control del pensamiento, del suicidio mental y del lavado de cerebro”), del psiquiatra Joost A. M. Meerloo, quien escribió: “Las figuras políticas venales ni siquiera necesitan comprender las consecuencias políticas y sociales de su comportamiento. No están obligados a tener ideología alguna, poco importan los esfuerzos que hagan para autoconvencerse de lo contrario, puesto que se ven forzados por las deformaciones de su propia personalidad. No están motivados por la necesidad que muestran de servir a su país o a la humanidad, sino más bien por la necesidad urgente y compulsiva de satisfacer las ganas irresistibles del personaje que ellos han creado. Sus ideas no son metas reales sino el medio cínico empleado por esos individuos retorcidos para adquirir un sentimiento de valor personal y de poder. Las sutiles mentiras que ellos repiten los empujan a ir de lo malo a lo peor”.

   Menciona también a Thomas Mann, cuando sostiene que “el totalitarismo se articula alrededor del deseo de una simple creencia popular. Cuando esta creencia reemplaza a la realidad, la moralidad y la ética quedan abolidas”.

   Y tras cartón recurre a Voltaire, para alertar sobre el peligro en que está sumergido Estados Unidos: “Los que les pueden hacer creer disparates pueden hacerles hacer atrocidades”.

   El escritor recuerda que las élites corporativas, aún en los períodos de crecimiento y buenas ganancias, buscan aventajar a las minorías, a los pobres y a la clase obrera, pues “no respetan ninguna regla.

   “Sus lobistas a sueldo de los políticos, los intelectuales colaborativos, los jueces corruptos y sus presentadores del noticiero gobiernan en un estado cleptómano regido por el chantaje legal y la explotación extrema. Las élites corporativas redactan las leyes y los decretos que amplifican el saqueo de los recursos al mismo tiempo que imponen una deuda paralizadora del pueblo, incluyendo a los jóvenes diplomados aplastados bajo la deuda de los préstamos estudiantiles. Adoptan a la fuerza medidas de ‘austeridad’ que desmantelan los servicios municipales y del estado, los cuales son cedidos a empresas privadas, reducen los programas sociales como la salud y la introducción pública. Pero insisten sin embargo, en caso de litigio, en recurrir a esas mismas instituciones que arruinaron y corrompieron”.

   Asimismo, “nos piden buscar la justicia en un sistema hecho para perpetuar la injusticia. Es un juego que nunca podremos ganar”.

   Tras este diagnóstico pesimista y dramático, el escritor apela a Pascal en la definición del pensamiento como espacio de dignidad. “Es del pensamiento que debe depender nuestro restablecimiento”.

   Propone, entonces, “oponer poder al poder”. Para el caso de Estados Unidos, “debemos construir instituciones y organizaciones paralelas que nos protejan de los asaltos de las grandes empresas y que resistan a su dominación. Debemos alejarnos lo más posible del estado vampiro. Cuanto más comunidades autónomas podamos crear, disponiendo de nuestra propia moneda e infraestructuras, más podremos debilitar y discapacitar al monstruo corporativo. Eso significa establecer cooperativas gestionadas por sus empleados, la puesta en marcha de circuitos cortos para la alimentación” y “la creación de organizaciones artísticas, culturales y políticas independientes. Eso significa trabar cueste lo que cueste las agresiones de las grandes empresas”.

   También llama a ocupar las calles “con actos apoyados de desobediencia civil contra la censura y los ataques realizados contra nuestras libertades individuales. Eso significa crear también ciudades refugio. Todo esto deberá hacerse como se hizo antes, reanudando las relaciones personales, frente a frente. Posiblemente nosotros no nos salvemos, particularmente por culpa de la negativa de las élites de interesarse en la devastación del cambio climático, pero podemos crear polos de resistencia donde la verdad, la belleza, la empatía y la justicia resistirán”.

   (Traducción del francés de Silvia Le Bonec)