La tele y yo

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Por Conrado Geiger* (cortesía de la Tecl@ Eñe)

Me molesta mucho que a la televisión le digan “la caja boba”. El televisor es un aparato tecnológico, que nos brinda compañía.

 

Mi relación con la tele ha ido cambiando a lo largo de los años.

De chiquito, esperaba para poder ver a Piluso y Coquito, pero eso a los tres y cuatro años. A los cinco descubrí Batman y empecé a jugar en neutro. “Aparca el carro”, “Rayos y centellas, eres un maldito truhán”, “Estás rodedado, Bill. Ríndete y tendrás un huicio husto”. De a poco, la TV fue tiñendo todas mis actividades, usos y costumbres. Usaba palabras como “nevera”, “columpio” o “fresas”.

Una época quería tomar leche en los almuerzos. Mi vieja no entendía porqué. Era porque había visto que Timmy, el chico de Lassie, lo hacía. Iban apareciendo nuevas series, que me abrían puertas a nuevos mundos. El Zorro, era un héroe similar a Batman, pero que luchaba contra los militares, lo cual lo hacía sorprendentemente transgresor. Recuerdo el primer impacto que me produjo “El Santo”. Simon Templar era un aventurero, ladrón justiciero, muy seductor con las chicas. Con él, aprendimos que robar no es tan malo y que la seducción de mujeres podía ser un pasatiempo. El Santo fue superado por “Ladrón sin destino”, otra vez un delincuente, que estando preso la CIA lo libera a cambio de que quiera robar para ellos. “No te pido que seas espía, sólo que seas ladrón”. Él y la CIA nos cayeron simpáticos desde el primer capítulo. Y por último, fue la llegada de “Dos Tipos Audaces”, Danny Wilde, un nuevo rico petrolero norteamericano interpretado por Tony Curtis y Lord Brett Sinclair, un noble inglés, que hacía Roger Moore. Dos playboys internacionales, aventureros, cada unos con sus características: Wilde con su Ferrari y Sinclair con su Aston Martin que nos plantearon una interesantísima divergencia: Teníamos que elegir si preferíamos ser ingleses o yanquis (“americanos”, decíamos).

Pasaron los años, me hice adulto. Me fui a vivir solo. Tuve mi propio televisor. Tuve parejas. Tuve separaciones.

Después de una convivencia de varios años, nos dimos cuenta que hacía dos años que no hablábamos, y que convivíamos gracias a la programación de televisión, que nos permitía estar juntos y nos daba temas de conversación que no tenían que ver con nosotros. A la noche mirábamos el noticiero durante la cena y luego enganchábamos con una peli que veíamos desde la cama hasta quedar dormidos.

Lo primero que hice ni bien se fue la chica fue desconectar el televisor. Dí de baja el cable, arranqué la antena y la tele quedó sólo para ver pelis. (VHS, por entonces).

Así comenzó, casi por casualidad, una de las experiencias más sorprendentes que tuve en mi vida. Por lo pronto, recuperé el nivel de lectura de mi adolescencia (y yo en mi adolescencia leía mucho). Mi tiempo era mío y me rendía de modo inusitado.

No es que dejara de estar informado: yo estaba haciendo un programa de radio los fines de semana, que me obligaba a leer los diarios cuando llegaba al estudio. Pero la información más fuerte venía de mi entorno. Todos, absolutamente todos mis amigos, conocidos y colegas, miraban tele. Cuando yo comentaba que no miraba nada, todos tendían a reducir en su relato, el consumo. “Yo veo sólo pelis”, “A mí me gustan los documentales de History Channel” y  justificaciones por el estilo, similares a las que escuché en mis épocas de vegetariano respecto al consumo de carne.

A lo largo de todo el tiempo que estuve en veda televisiva fue apasionante observar cómo se iban desarrollando los temas de preocupación y discusión de los televidentes:

  • Una época no se podían tomar taxis en la calle, porque era peligroso. Convenía llamar radiotaxis.

  • En otro momento producía pavor que los ladrones subían a los colectivos a robar a todos los pasajeros y le cortaban un dedo al chofer.

  • Luego hubo que usar el reloj pulsera en la mano derecha, porque si lo llevabas en la izquierda, cuando ibas manejando los chorros pasaban corriendo y te lo arrancaban.

En la charlas informales yo me iba enterando de las cosas que pasaban: Desde un mundial de fútbol hasta el último romance de la vedetonga más conocida. Vida y obra de famosos que yo no conocía. Especulaban sobre el desenlace de “El Gran Hermano”. He oído explicar como se juega al yenga y a gente jactarse de poder cortar una manzana en dos con sólo mirarla una vez. A lo largo de los años los vi a todos amar y odiar a Maradona, convertirse en especialista en tenis durante Wimbledon, o relatar con lujo de detalles cómo se había organizado la voladura de las torres gemelas. Cualquiera te podía explicar por qué se había caído el avión de Austral o por qué se generaba la inflación. Todos hablando con la certeza del que realmente sabe de lo que está hablando. Y los miedos. Los asesinatos. La inseguridad. Las salideras bancarias. Lo inseguro que era salir a la calle de noche. Y para ejemplificar no hablaban de experiencias propias, ni siquiera de algo que le hubiera sucedido a un conocido: Todos daban el mismo ejemplo: la señora que asesinaron en Avellaneda para robarle el auto.

Era muy extraño ver la distancia que se generaba entre mis preocupaciones y las del entorno, conectado a la tele. Poder concentrarme en lo que realmente me preocupaba, en mis afectos, en mis lecturas, me permitió ver todo esto sin el condicionamiento de televisor dictando ideas, posturas y opiniones desde el comedor de casa. Me hizo -por accidente y sin proponérmelo- tener ideas propias.

En la radio tratábamos temas de actualidad. Varios oyentes me hicieron saber que les gustaba escucharme porque yo “siempre tenía otra mirada”. ¡Claro! Yo había recuperado la mirada adánica, esa mirada descubridora, esa mirada que somete todo a la propia valoración. Y la realidad era lo que me pasaba a mí y a mi entorno.

Hoy, ya me reconcilié con la televisión. Tengo TV digital y miro poco. La lectura volvió para no irse.

Pero la infiltración que produce la tele no se redujo. Más bien, todo lo contrario: Aumentó. Los que están enchufados a los “canales de noticias” viven en un contante “panic attack”. Y sus miedos y sus enojos son tan artificiales como las tetas de las vedettes.

Tengo un vecino enfrente, al que llamaré Amílcar, un buen tipo, con el cerebro cooptado por Lanata. Vive un enojo que no condice con su vida plácida y despreocupada. Más de una vez lo sorprendí charlando con el quiosquero: “Somos todos una mierda”, “Boudou se la llevó toda en dos valijas” o “Los de la Cámpora son todos pagos” se intercalan con opiniones como “habría que prender fuego las villas” o “La culpa es de los paraguayos y bolivianos que vienen a sacarnos el trabajo”.  En realidad, no es que Amílcar tenga mucha opinión. Lo que tiene es información opinada. Y él la comparte creyendo que las opiniones son suyas.

Es un buen tipo, pero mira TN todo el día. Y consecuentemente vive asustado. Vivimos en una cuadra del conurbano bonaerense. Una cortada, donde hay vecinos que toman mate en la vereda. El vive preocupado por los robos, los afanos y los choreos, que nunca sucedieron. Y la corrupción, como algo visible, verificable, que lo afecta a él en modo directo.

El otro día, estaba charlando con el vecino de al lado. El cielo estaba gris, auguraba pronta tormenta. Lo vemos al Amílcar salir con un bulto debajo del brazo: tres frazadas que comenzó a colocar esmeradamente sobre su auto, atándolas. Sin levantar la vista de su mate, mi vecino dice:

– Se ve que TN anunció granizo. Siempre un poco peor de lo real.

Me molesta mucho que a la televisión le digan “la caja boba”. El televisor es un aparato tecnológico, que nos brinda compañía. El bobo es uno, que se cree todo.

*Periodista y monologuista de humor

Enlace original:

http://lateclaene6.wix.com/revistalateclaene#!-geiger-conrado/cchz

ilustración (T.V. Pecera de Ivonne Guevara)