Lombardi y Don Rodrigo

El jefe de los medios públicos del macrismo, Hernán Lombardi, anuncia la fundación de una plataforma para acceder a las producciones audiovisuales. Ya había sido fundada y, por obra de Lombardi, fundida. La parábola con Don Rodrigo Díaz de Carreras, el colonizador creado por Les Luthiers.

   Por Timoteo Lezcano

   El Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, hijo de Juana Díaz y Domingos de Carreras, llega a un hermoso valle de la Cordillera de la Costa e inspirándose en el nombre de los nativos del lugar “funda” Caracas. Así lo aprendimos en “La cantata del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, de sus hazañas en tierras de Indias, de los singulares acontecimientos en los que se vio envuelto y de cómo se desenvolvió”, de Les Luthiers.

   Don Hernán Lombardi, jefe de los medios públicos, a quien no podemos llamar adelantado más que por maniobras y negocios por los que está acusado en sede judicial, “funda” por su parte Cont.ar, una plataforma de contenidos audiovisuales públicos, según lo aprendemos en el conjunto de los medios de difusión esmerados en la promoción y defensa de los actos gubernamentales, por cierto que con mucho menos talento e inteligencia que el grupo de músicos-artesanos-humoristas.

   Don Rodrigo debe escuchar el furibundo tono burlón del relator de sus desventuras: “Fundó Caracas, dice”. Y explica de inmediato, parodiando su tono épico: “¡Acertó a fundarla! Y tanto acertó que la fundó en pleno centro de Caracas. ¡Que ya estaba fundada! Y él no lo vio…”

   Lombardi no tiene un relator que se burle de sus acciones, pero debe haber leído el pronunciamiento de los trabajadores de Contenidos Digitales Abiertos (CDA), que no mueve precisamente a risa. Ellos explican que la plataforma de contenidos audiovisuales a demanda que lanzó el funcionario macrista “es un robo al Estado”, ya que hasta diciembre de 2015 CDA ofrecía en línea 2.032 horas de material audiovisual que “el Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos se encargó de limpiar de créditos, placas y fechas de realización, con el objetivo de entregárselo a productoras amigas que volvieron a armar una plataforma con las mismas posibilidades técnicas (acceso desde notebooks, tablets y teléfonos, sin necesidad de registrarse) y los mismos contenidos, a la par que se desmantelaba el área de Contenidos TDA, donde funcionaba CDA”.

   Don Rodrigo había llegado a la “fundación” de Caracas después de un sinfín de desatinos en territorio suramericano: sucesivas derrotas a manos de los indios y fugas en soledad en las que va arrastrando un enorme cofre que, en lugar de la montaña de oro que cualquier conquistador aspira a reunir, acumula solo baratijas.

   Lombardi y el mejor equipo de los últimos 50 años tienen, en cambio, otro palmarés. Dicen los trabajadores de CDA: “Dejaron a 180 trabajadores en la calle, se apropiaron del archivo que financiaron todos los argentinos para favorecer, una vez más, a empresarios amigos, pagando por lo que ya existía con dinero público y costos mucho más elevados”.

   Un tribunal de Caracas sentencia a Don Rodrigo por el delito de “fundación ilícita”, y lo condena a la pena de destierro en la isla de Puerto Rico.

   Ya sabemos que es muy remota la posibilidad de que, en su estado actual, el dispositivo judicial argentino apruebe condenas a los funcionarios del gobierno, que lo controlan con mano de hierro.

   Pero aunque no podamos esperar que un día se instituya la figura de la “fundación ilícita”, por la cual sin duda Lombardi sería sentenciado, la posibilidad de una recuperación de la institucionalidad, aunque fuere parcial, llevaría a que por lo menos se investiguen estos manejos de los bienes públicos. Si así fuere, no obstante, seguro que al ex funcionario de De la Rúa no se le encontraría, precisamente, un cofre con baratijas.

   Don Rodrigo no fue siquiera acusado de pagar sobreprecios a productores allegados, y no intentó destinar bonitas sumas a periodistas que se destacaran solo por elogiarlo. Les Luthiers tampoco nos ha dicho que haya dejado sin trabajo a las personas por su pensamiento político. No era época, en estos territorios espoliados por saqueadores de adentro y de afuera, para juzgar tales desmanes.

   Habrá que ver si la Argentina se gratifica con una nueva época en que los embusteros deban hacerse cargo de lo que hacen. En ese caso, podrá aplicar el coro de uno de los tramos iniciales de la Cantata de Don Rodrigo, a cargo de entusiastas nativos: “¡Nos descubrieron, por fin nos descubrieron!”