Los verbos de la guerra

   Cristina Fernández de Kirchner fue objeto, en ejercicio de la presidencia, de palabras e imágenes duras, algunas insultantes y que vulneraron su dignidad personal mucho más que su función política. Los autores de estos ataques no dan señales de cansancio y mantienen la línea de fuego.

       Por Hugo Muleiro

   Ningún presidente merece atenciones periodísticas especiales, a veces reclamadas con la coartada de la “investidura” y el “respeto a la institucionalidad”. Y a la vez, toda persona tiene derecho pleno a que los medios de comunicación respeten su honor y su dignidad, aunque sea presidente. O presidenta. O ex.

   En la historia del periodismo en Occidente hay muchos ejemplos de desafíos al poder, sobre todo al poder no querido por los dueños de las empresas de medios. Otros actos fueron valerosos y auténticos, nadie lo puede negar, y otros fueron mera ostentación o mueca del compadrito que, a la primera crítica u objeción, gritará histéricamente en su escritorio: “¡Ataque a la libertad de expresión!”

   Los que en edad casi competimos con la escarapela recordamos bastante bien una caricatura del presidente estadounidense, Jimmy Carter, durante la crisis de los rehenes en Irán, aquél episodio de 1979 a 1981 cuyo curso real aún no conocemos del todo y que le costó el cargo a manos de Ronald Reagan: el jefe de la Casa Blanca fue dibujado con los pantalones bajos, sentado en un inodoro que tenía la forma del mapa de Estados Unidos. Y bueh: la derecha es dura y sabe tirar a matar.

   En ejercicio de la presidencia, Cristina Fernández de Kirchner fue enmudecida por un dibujante con una cinta roja, evocación de un tormento físico más que reclamo político de silencio. Apareció dibujada en una revista con goces de tipo sexual, se hizo un montaje para mostrarla desnuda, fue subida a una moto como chica al viento abrazada al entonces vicepresidente Boudou, y jugando con el nombre de éste, Amado.

   Lo que ponen en discusión estas y otras publicaciones no es, naturalmente, el margen de crítica a una presidenta y su gobierno: lo que hay que observar es si no está siendo vulnerado su derecho a la dignidad personal, que no se extingue por ninguna función ejercida en el pasado o el presente. Y la discusión valdría la pena si iguales recursos se emplearan para las fantasías sexuales de Elisa Carrió, si las tuviera, o de Juliana Awada. Quien sea.

   Hace dos años que Fernández de Kirchner dejó el cargo, pero sus adversarios políticos no están todavía saciados. Aunque escriben, como lo hacen columnistas de Clarín y La Nación, que su poder ya se extinguió, o que se está extinguiendo, o que se extinguirá mañana o pasado, padecen el descontrol del impulso por insultar.

   Julio Blanck, uno de los combatientes de esa guerra, dio otra estocada el domingo 12 de noviembre en Clarín. Hablaba -sin fuentes, como es común en él- de un plan de Macri para lograr que el Congreso le apruebe las políticas laborales y previsionales que quiere lanzar (que en tanto quitan derechos instituidos en etapas anteriores merecen ser llamadas más contrarreformas que reformas).

   “Muy lindo el plan”, tecleó, ya que incluye el envío de un emisario de Macri a la diputada Elisa Carrió para pedirle que detenga su avanzada personal contra el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti. Es que Macri calcula que algunos de los proyectos de eliminación de derechos serán judicializados y será la Corte la que, al final, debe decidir a su favor, es decir a favor del interés de los empresarios.

   Pero en esto, dice, hay un factor “fuera de control”, el “factor Cristina”. Y agrega: “Como bien dicen los jefes del Congreso, ella sola, con su presencia y su verbo inflamado, es capaz de emputecer la sesión más prolijamente preparada”.

   ¡Qué verbo eligió el combatiente!

   Se sabe que está de moda excluir de las interpretaciones sobre la lengua castellana a la Real Academia Española. Pero ya que es difícil negar que su diccionario es algo más consistente que uno de bolsillo y que la revista Billiken, no está mal ver qué dice -con perdón a los militantes revolucionarios- sobre el verbo emputecer: “hacer que alguien mantenga relaciones sexuales a cambio de dinero”.

   Está claro que los periodistas argentinos, sobre todo los porteños, son cancheros y tienen facilidad natural para la metáfora, tanto que los poetas habrán de sonrojarse. Así, el periodista guerrero podrá decir que usó este verbo para anunciar que la ex presidenta va a entorpecer, complicar, obstaculizar el sano ejercicio democrático del Congreso, que en este caso debe limitarse, claro está, a aprobar los proyectos a gusto del oficialismo, sus aliados y pseudo opositores.

   Pero el recurso “literario” deja un regusto. Está en juego la figura de una mujer, la de la ex presidenta. Las insinuaciones sexuales que este mismo ejército le lanzó en el pasado lo pueden volver a uno mal pensante. Si todavía estamos en guerra haciendo “periodismo”, la munición puede ser de cualquier calibre: grueso como en este caso, liviano en otros, como cuando a la ex presidenta el mismo diario la sentenció por usar calzas (y aquella vez no fue un guerrero, ¡fue una guerrera!).