Periodistas, fotógrafos y servicios

El periodista y escritor pampeano Juan Carlos Martínez se interna en la muy frecuente presencia de agentes de inteligencia en los medios periodísticos y recuerda episodios no tan lejanos que se asemejan, de manera muy inquietante, a hechos del presente.

   Por Juan Carlos Martínez *

  Algunas versiones periodísticas referidas a Diego Lagomarsino han abierto dudas e interrogantes sobre el verdadero rol  que juega el técnico de sistemas que trabajaba para el fiscal Alberto Nisman.

  Además de la nebulosa explicación que ofreció durante una mal llamada conferencia de prensa manejada entre bambalinas por su abogado defensor, aparece un hecho que bien puede servir para construir un lado oculto de la actividad que cumple el hombre que le entregó al fiscal Nisman el arma que puso fin a su vida.

  Por el reiterado testimonio que ha dado públicamente el abogado José Iglesias, padre de una de las víctimas de Cromañón, Lagomarsino fue visto tomando fotografías en las marchas de los familiares de las víctimas de aquella tragedia.

  El mismo personaje visitó al abogado en su domicilio donde también sacó fotografías, pero de un día para otro desapareció de la faz de la tierra.

  Iglesias cuenta que tiempo después lo vio en una calle porteña caminando hacia su encuentro pero cuando advirtió su presencia, Lagomarsino cambió rápidamente de rumbo y se perdió entre la multitud.

  Quienes llevamos muchos años en la actividad periodística hemos conocido en todo tiempo y lugar a tipos que bajo la fachada de periodistas o fotógrafos trabajaban para los servicios de inteligencia, cosa que también hemos visto en La Pampa.

  Un caso emblemático es el del represor Raúl Guglielminetti, quien comenzó su carrera de pseudo periodista en LU 5 Radio Neuquén en pleno apogeo de la Triple A.

  En aquellos años, el mayor Guastavino, como se le conocería luego en los grupos de tareas de la dictadura, trabajaba para la emisora neuquina en calidad de cronista de policiales y terminó, como muchos que han transitado por el mismo camino, siendo más policía que periodista.

  El paso de Guglielminetti por LU 5 lo vivimos muy de cerca por cuanto en aquel tiempo quien esto escribe era redactor del diario Río Negro y durante tres meses de 1975 estuvo a cargo de la agencia de la capital neuquina luego de que el local donde funcionaba la redacción fuera ametrallado por integrantes de aquella organización terrorista.

  Por entonces, el nombre de Gugllielminetti sonaba a los oídos de los periodistas como uno de los buchones que aprovechaban su credencial de cronista radial para hacer trabajos de inteligencia. O, para decirlo de manera más entendible, para dedicarse a la caza de brujas.

  Doce años después, estando en Madrid como corresponsal de la agencia DyN, investigué las andanzas del entonces prófugo Guglielminetti, intensamente buscado por su participación en el secuestro del empresario Emilio Naum.

  En el marco de aquella investigación me encontré con otro falso periodista que vivía su exilio dorado en España cumpliendo la doble tarea de lugarteniente de Guglielminetti y corresponsal del diario Convicción, que respondía al genocida Emilio Massera.

  Se trataba de Jorge Luis Giordano, quien figuraba en el catálogo anual que publicaba el Estado español con la nómina de todos los corresponsales extranjeros acreditados en ese país en representación de diarios, revistas, radios y canales de televisión.

  Giordano figuraba en la edición del año 1984, página 124, con domicilio en la calle Circe 52, de Madrid, pero su domicilio real se encontraba en la localidad de Pozuelo, a unos doce kilómetros de Madrid.

 En Bahía Blanca, donde actualmente se ventilan los entretelones que rodearon los asesinatos de los obreros gráficos Heinrich y Loyola, del diario La Nueva Provincia, fotógrafos que trabajaban para ese medio de comunicación alternaban su tarea en los servicios de inteligencia de la Prefectura.

  Conociendo éstas y otras historias iguales o muy parecidas, es inevitable que al analizar el comportamiento de Diego Lagomarsino dirijamos la mirada hacia quienes, bajo la fachada de periodistas o fotógrafos, trabajan para los servicios de inteligencia, unas veces llevando las imágenes que recogen con sus cámaras y otras veces estirando sus lenguas de buchones para cumplir con su miserable trabajo.

  Sería bueno que los investigadores traten de establecer si Lagomarsino –como parece- no dice todo lo que sabe ni todo lo que hace.

*Juan Carlos Martínez es periodista y escritor, autor de “La apropiadora” (sobre la empresaria Ernestina Herrera de Noble) y de “La abuela de hierro”.