Télam: ningún trabajador puede sentirse a salvo.

Raúl Queimaliños, coordinador de corresponsales de la agencia Télam y periodista de extensa carrera, escribe sobre lo que piensa y siente al vivir, a pocas semanas de jubilarse, el “conflicto laboral más grave” de los que se ha visto involucrado en su vida.

(Foto: Carlos Brigo, fotoperiodista de Télam despedido por la gestión de Hernán Lombardi)

Por Raúl Queimaliños

Transito en Télam las últimas semanas de mi carrera periodística. Estoy a punto de jubilarme. Recomendaciones médicas me alejaron hace algún tiempo de las notas de calle y de las secciones más calientes de la redacción, de la adrenalina de esta profesión que me apasiona y que ejerzo sin interrupciones desde los 25. Disfruto la tarea de coordinar la red de corresponsales en las provincias -un valioso capital de Télam que ningún otro medio posee- y me ilusionaba con que, al margen de alguna bronca circunstancial, haría un aterrizaje suave hacia mi despedida de la agencia y el inicio de mi vida poslaboral.


De pronto, estoy en medio de una masacre: 357 despidos sobre 878 trabajadores en total. La explosión no discriminó nada. La lista de cesantes incluye trabajadoras y trabajadores del área comercial y publicitaria, administrativos, secretarias, fotógrafos y periodistas. Entre los despedidos hay compañeros/as especializados en política internacional, cultura, economía, policiales, sociedad, política, deportes. El daño alcanza desde gente con pocos años de antigüedad a otros que hace décadas se desempeñan satisfactoriamente en Télam, y golpea también a muchos corresponsales, a tal punto que deja media docena de provincias sin cobertura.


Es sin duda el conflicto laboral más grave en el que me haya visto involucrado en mi vida y paradójicamente el primero en que siento inmunidad: “nadie va a echar y tener que indemnizar a un viejo periodista que pronto se irá gratis”, razono. Como confirmación, recibí el famoso mail de la empresa en que dice que cuenta con nosotros para la “nueva Télam”.


La supuesta inmunidad no existe para lo emocional. Hace una semana que mi ánimo está en una montaña rusa. Me contagian las lágrimas de compañeras o compañeros cuando les avisan desde sus casas que llegó la carta documento, me invade la angustia de ponerme por un momento en el lugar de otros que a los 40, 50, 60 años se ven forzados a buscar trabajo, a encontrar de urgencia nuevos ingresos para afrontar una cuota alimentaria, un alquiler o una hipoteca, a suspender sus planes de vida para atender semejante emergencia. Me indigna el cinismo de funcionarios que pretenten disfrazar de servicio a la Patria el maldito ajuste del FMI. Me alarma que mientras demuelen los medios públicos, autorizan a Clarín la mayor fusión empresaria de la historia argentina, que lo convierte en la tercera empresa del país en facturación y el segundo o tercer conglomerado comunicacional en importancia de América Latina.


No tengo dudas: hay que resistir y lo estamos haciendo bien. El paro se mantiene muy firme, la difusión del conflicto es amplísima y las expresiones de solidaridad masivas. Nadie sabe cómo terminará esto, pero lxs trabajadorxs de Télam ya hicimos nuestra apuesta.

*Publicado en su perfil de Facebook