Volver a desaparecer

Canal siete Bahia Blanca

Las empresas que, como Clarín, combatieron la Ley de Servicios Audiovisuales anunciando una catástrofe para la libertad de expresión son las mismas que ahora y siempre despiden a trabajadores de la comunicación que no obedecen ciegamente a los intereses de la patronal. Así acaba de suceder en Bahía Blanca con el periodista Carlos Quiroga, del Canal 7, una de las centenares de emisoras bajo control del grupo.

    Por Federico Escribal

   Hagamos memoria. Hace unos pocos años, desde el televisor asustaban al despolitizado promedio, azuzando que con “la ley de medios K” corría riesgo la libertad de expresión. “Volver puede desaparecer” fue el eslogan que más se recuerda, por lo burdo de querer aparecer como amenazado el inofensivo canal de películas nacionales retro. Con el retorno del liberalismo al poder, la demoníaca e antidemocrática ley -votada por apabullante mayoría en el Congreso- fue derogada por un republicano decreto que restituyó el poderío a los grupos económicos que construyeron su poder económico por medio del lobby sistemático a través de grandes medios de comunicación.

   Volver no desapareció. Felizmente. Pero, poco a poco, te fuiste acostumbrando a que una determinada mirada política de nuestra realidad cotidiana fuera perdiendo espacio en los medios. No solo cesó el 678, depositario de todos los males que acosaron a la Argentina desde su emancipación de la Corona española a esta parte: junto con TVR y todos esos medios y programas que quizá nunca disfrutaste porque tercerizaste por comodidad la construcción de tu propia mirada en beneficio de los que te dan posiciones predigeridas (que siempre benefician sus intereses).

   Esta semana el impacto fue en Bahía Blanca. Carlos Quiroga, con 45 años de periodismo, y 12 años conduciendo el noticiero local, fue despedido sin causa por parte del Grupo Clarín, controladora a través de ARTEAR del Canal 7. El saraseo de motivos ahumó la escena por la imposibilidad de enunciar el único argumento: persecución ideológica. Carlos es de aquellos que sigue pensando, pese a la falsa hegemonía que esa empresa disfrazada de medio periodístico quiere imponer, que el período que recientemente condujo el peronismo a través del liderazgo de Néstor y Cristina fue virtuoso para la Nación. Carlos ejerce el pensamiento crítico, ese que el jefe de gabinete de ministros denuncia por anacrónico; nunca fue beneficiario de pauta oficial, ni un loro enunciante de logros.

   Su despido cosechó solidaridad y repudios por parte de todo el arco político bahiense: el peronismo, distintas expresiones vecinalistas, e incluso del radicalismo, parte de la gobernante Alianza Cambiemos.  Y colegas. Y vecinos. Muchos “sueltos” que, en persona y por redes sociales le dieron aliento y vomitaron el asco por la clara injusticia. Destacaban, sobre todo, una ética profesional sostenida en el tiempo, algo que los dominantes quieren convertir en un anacronismo. El humilde comunicador, con su moderada capacidad de operar fisuras en El Relato les genera terror. La amenaza contra esta ficción conveniente que nos venden como Realidad era intolerable para los que efectivamente vienen por todo, porque todo siempre les fue propio.

    Hace pocos días graficaron claramente su ideal de libertades civiles, caricaturizando a la Presidenta saliente con su boca cosida. Las reminiscencias con el terrorismo de Estado no solo asustan: buscan asustar. El miedo es para ellos lo que para nosotros el trabajo: el ordenador primario de lo social. Nos quieren aislados, consumiendo, acríticos.  Siempre quieren proscribirnos. Nos quieren volver a desaparecer.

   Carlos Quiroga, y todos los carlosquirogas nos educan en sentido contrario. Carlos es mi suegro, y estoy orgulloso de que seamos familia, de que sea un abuelo para mi hijo.